La ejecución del indio Mariano

— ¿Qué se sentirá morirse? ¿San Pedro me recibirá en las puertas del cielo como nos decía el cura? Digo yo siempre fui un buen indio, aunque esta cochina gente no lo entienda —. Pensaba Mariano mientras una cuerda de yute lo sujetaba del pescuezo.

Corría el año de 1930 cuando a Mariano Mihuatecatl se le ocurrió robarse un becerro deDon Casiano, el hacendado del pueblo de Chinconcuá. Quizá por hambre o tal vez porque nunca se había distinguido por ser el candil más brillante de la calle y no pensó que intentar robarle algo a la persona más poderosa de la comarca, más que ayudarlo a saciar su hambre lo pondría cerca de la horca y por ende del fin a su hasta entonces miserable existencia.

Su padre, un borracho de época, cuyas andanzas harían palidecer al mismísimo Victoriano Huerta, había muerto en una trifulca de pulcata por una estúpida apuesta en la rayuela y jamás llegó a conocerlo. Mientras que su madre habría muerto en alguna epidemia cuando Mariano era aún un crío. Por estos motivos el indio Mariano creció como los árboles del bosque… como pudo o como Dios le dio a entender.

Bruto el indio como era, jamás aprendió a leer ni escribir bien, a lo más que llegaba era a mal garabatear su nombre de chamaco nunca nadie se preocupó por instruirlo. Cuando sus padres murieron, quedó a cargo de su pobre abuela, que ya grande como era la señora, no pudo hacer mucho por él y pasó a mejor vida cuando Mariano tenía 16 años. Desde entonces se dedicó a lo que pudo, cargar por aquí, hacer mandados por allá. Nunca su nombre había estando en tantas bocas hasta que llegó aquel mentado día, que cansado de no tener que tragar, decidió robarle un becerro a Don Casiano quien gracias a un policía rural agarró al pobre indio hambriento.

Mariano fue llevado ante la autoridad, sometido a un juicio unilateral e injusto donde lo único que alcanzo a decir fue “Pues es que yo tenía harta hambre y pos’ me encontré a ese apetitoso becerro que casi me decía cómeme Mariano”.

Luego de una rápida deliberación se dictó la cruel sentencia. La horca era la mejor opción para librarse de aquel indio miserable y enseñarle a la demás plebe que con las posesiones de Casiano Nepomuceno de la Garza “naiden” se mete.

Es así como llegamos al día de la ejecución pública en la plaza del pueblo, la cual tendría lugar junto al  pequeño kiosco de forma octagonal, que se había construido poco tiempo después de que Juarez marchara por el pueblo en su camino a Veracruz. Si bien el pueblo era pequeño y pintoresco, la plaza era todavía más pequeña, y de pintoresca tenía lo que Don Casiano de buena gente, mas bien podríamos decir que era un tanto deprimente. Si la veías del lado por donde se entraba al pueblo, de frente verías la pequeña placita con la iglesia del pueblo al fondo. El ya mentado kiosco al centro y 5 o 6 árboles mal plantados en jardineras tan descuidadas como polvosas, uno que otro matorral dejaba crecerse por ahí y por allá.

Para la ejecución se había instalado un pequeño estrado de medio metro de altura. En el centro de esté, un polín de 2 metros  y medio de altura, que sostenía a otro perpendicular a él de un metro de largo, otro pequeño atravesado entre los dos funcionaba de modo que todo el armado no se viniera abajo, colgando del andamio éste estaba el yugo que acabaría con la vida del pobre Mariano.

Se acercaba el medio día, hora pactaba para realizar la ejecución y Mariano no sabía si rezar, llorar, patalear o zurrarse en su calzón de manta. Mientras era llevado hacia el lugar donde tendría lugar su muerte en lo único que acertaba a pensar era en su abuela, ¿qué habría pensado si lo viera, acaso al encontrarse en el más allá ella lo abrazaría, le daría un coscorrón, o el que era su mayor miedo, lo vería con una mirada de decepción más dolora que su próxima muerte? Si bien nunca había llegado a valorar nada de su miserable vida, su abuela era el único recuerdo que podía sacarle una sonrisa pasajera.

Poco a poco la gente se iba “arrejuntando” en la plaza, algunos niños todavía jugaban entre los arboles mientras las señoras con el rebozo sobre la cabeza ocupaban los primeros lugares mientras se ponían al corriente de las buenas nuevas y las no tan buenas. Uno que otro  vago sin oficio ni beneficio también se dejaba ver, pues la mayoría de los hombres aún se encontraban en la labor. A lo lejos se vio llegar a Don Ramiro en su caballo. A un costado del kiosco ya lo esperaba Don Ramiro, el jefe de la policía rural en Cuautinchan.

—Buen día para una ejecución ¿no señor comisario? — le dijo Don Casiano a Don Ramiro, con una sonrisa socarrona que se dejaba ver entre su poblado bigote. —A ver si con esto estos mugrosos indios por fin aprenden a no meterse con Don Casiano Nepomuceno de la Garza.

—Lo dudo mucho Don Casiano, a estos mugrosos les encantan los problemas.

—Pues más les vale que vayan entendiendo quien manda en este cochino pueblo —.respondió Don Casiano al tiempo que desmontaba de su caballo, un magnífico tordillo color azabache cuyo padre había sido traído por un criollo desde Morelos unos años atrás.

Faltaban 10 minutos para las 12 cuando a lo lejos se divisó una caravana encabezada por un encapuchado, a los lados, 4 policías escoltaban a un Mariano más pálido que la cal, a pesar de ser más prieto que San Martín de Porres.

No había una sola nube en el cielo y el aire se respiraba tan seco que ardía cuando pasaba por las fosas nasales. Mariano fue conducido hasta el estrado, donde el verdugo procedió a subirlo en un pequeño banco de unos 40 cms de alto y a poner el yugo sobre su moreno cuello. La respiración de Mariano era cada vez más agitada y su semblante se iba descomponiendo de tal manera que todo el que lo veía juraba que en cualquier momento se desmayaría. Contrario a la tradición, a Mariano no se le había permitido confesarse previo a su ejecución, pues el cura en ese momento se encontraba de vacaciones visitando a su familia en Cuernavaca.

La hora llegó. El condenado a muerte fue presentado ante el pueblo, se leyó el edicto que dictaba sentencia de muerte. Mariano dejó ver entre sus morenas mejillas dos lágrimas, su vida ahora pendía de un banquito de 40 cms, en ese momento el verdugo se acercó al indio para ejecutar la sentencia. Mariano hizo su última respiración.

— ¡Alto! ¿Qué van a hacer hijos de Dios? —se oyó mientras todos volteaban en la dirección de la que venían aquellas palabras salvadoras —¿Acaso piensan ejecutar a este hombre sin haber sido confesado? ¿Quién autorizó esta ejecución? —. Dijo el Padre Gil mientras se acercaba a toda prisa al condenado a muerte.

—Eso es cosa que a usted le vale un cacahuate padre—. Le contestó Don Casiano al cura en un tono que cualquiera aseguraría que estaba a punto de echar lumbre por la boca—. La orden de ejecución es irrevocable y ultimadamente fui yo el que pedí que se matara al mugroso este. ¿Tiene usted algún problema?

— ¿De qué se le acusa al indio?

— Nomás de robarme un becerro. Naiden en este pueblo se mete con mis propiedades y vive para contarlo—. Respondió Don Casiano en un tono que no dejaba lugar a dudas que estaba empecinado a que se cumpliera su voluntad—. Y ni usted con su envestidura de sacerdote va impedirlo.

— ¿Cómo te llamas hijo mío?—. Le pregunto el Padre a Mariano.

—Mariano Mihuatecatl  padre —Contestó Mariano recuperando un poco el color.

— ¿Por qué te robaste el becerro?

—Pos porque tenía hambre padre y… pos … a Don Casiano le sobran y nunca pensé que se juera a dar cuenta de que le faltaba uno. El hambre es canija padre y uno hace locuras en pos de procurarse el alimento… —Argumentó Mariano buscando un dejo de comprensión en la mirada del padre.

— ¡Condenado indio ladino! —Exclamaba Don Casiano al momento de propinarle una sonora cachetada a Mariano. Un hilo de sangre salió de la boca de Mariano.

— ¡No lo toque Don Casiano! —exclamó el padre al momento que se interponía entre Mariano y Don Casiano

—Usted no me va a decir que hacer, nadie se mete con Don Casiano Nepomuceno de la Garza.

—Le recuerdo a usted que es detrás de su pinta de hombre poderoso es usted un hombre débil Casiano. — Los ojos de Don Casiano se llenaron de lumbre al oír estas palabras salir de la boca del cura —¿O acaso debo recordarle que cada semana viene y confiesa sus fechorías y cada que puede paga sus indulgencias?

— ¿Y eso que tiene que ver con que yo quiera matar ejecutar a este cochino indio? —La palabras de Don Casiano se llenaron de rabia como tratando de mantener la máscara que el padre intentaba quitarle de la cara.

—Que usted ya me debe muchos favores y hoy quiero que me pague todos y cada uno de ellos —expresó el padre en un tono que no dejaba lugar a dudas. —A cambio de todo lo que me debes quiero la vida de este indio.

Don Casiano se quedó pasmado ante la petición del padre Gil, nunca antes lo habían expuesto así en frente del pueblo que él creía dominar. Era obvio que aquel cura conocía perfectamente los puntos flacos de Don Casiano, de quien muchas veces tuvo que escuchar las confesiones de sus abusos en contra del pueblo. Aunque a él le encantaba abusar de su posición, estaba claro que por dentro era un hombre con muchos miedos.

— ¿Cómo se atreve a pedir la vida de este indio tacuate a cambio de todo los favores que me ha hecho?

— Por fin atinó a contestar Don Casiano al Padre Gil que lo miraba de una forma tan retadora pocas veces vista en él —. Debería yo de colgarlo junto con el indio este, pero como sabe, soy un hombre respetuoso de la iglesia… Está bien padre, usted gana, ¡Ramiro!, suelte al indio este y ustedes dos lárguensen antes de que me arrepienta. Ahora este mugroso es su responsabilidad.

La gente se quedó atónita ante la inesperada muestra de misericordia por parte de Don Casiano, no sabían a ciencia cierta si se trataba de un gesto de bondad o en verdad el humilde cura de pueblo había doblegado al poderoso hacendado.

Mariano lloraba de felicidad, corrió a besarle los píes al padre Gil quien se conmovió un tanto al ver tal gesto de humillación y agradecimiento. El cura ordenó a Mariano que lo siguiera a la sacristía de la iglesia.

—Has sido afortunado de que llegara en el momento justo Mariano, debes darle gracias a Dios. —Le dijo el padre a Mariano en tono paternal.

—Si padrecito, se lo agradezco mucho. —Contestó mariano todavía con lágrimas de felicidad en los ojos

—Debes entender Mariano que nada en esta vida es gratis y lo que acabo de hacer tampoco lo es. De ahora en adelante tu vida nos pertenece a mí y a Dios. De hoy en adelante serás mi sirviente, necesito un sacristán en la iglesia, quien me acompañe en mis viajes, cuide la iglesia y me haga los mandados. —Le explicaba a Mariano mientras este asentía a cada una de sus palabras. —Conmigo no te faltará comida ni techo, pero en cambio deberás ser disciplinado y cumplir con todo lo que te pida. ¿Entendiste Mariano?

—Sí padrecito, no le fallaré.

El padre sonrió ante la respuesta de Mariano. Luego de explicarle sus nuevas labores, cenaron frugalmente y condujo al indio hasta la que sería su nueva habitación. Mariano sorprendido ante su nueva y repentina vida se vio abrumado y rompió en llanto. Después de recuperar el aliento decisión que ya era momento de descansar. Se acostó en su nueva cama sin saber que le deparaba el nuevo día. Pero seguro de que no podría ser peor que el que estaba acabando.

Nota: Este es el primer capítulo de las aventuras del indio Mariano. Prometo que las siguientes serán mucho más leves en cuanto a intensidad. No, no es ninguna alusión hacia las bondades de la iglesia o los sacerdotes, ya lo verán. Esto sólo serán una serie de cuentos sin ánimos de politizar o evangelizar, sólo entretener. En pocas palabras, no empiecen a mamar chueco.

1 comentario

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Una respuesta a “La ejecución del indio Mariano

  1. Manguito

    Hasta que te apareces por Nippix -_- * lo nalguea*
    Btw, I´m your biggest fan

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