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La Carretera

La carretera estaba desierta. Ya llevábamos dos horas en ese infierno, con el calor deshidratándonos sin decir palabras, escuchando sólo la música tediosa y detrás de ella el motor de mi Blue Power. Iba pensando en la magia cuando de reojo mire en tu cuello algo que me llamó la atención y después no pude evitar mirarte fijamente. Era una gota de sudor que bajaba lentamente hasta tu pecho, redonda, transparente, refrescante tal vez… tragicamente se perdió entre tu piel y la tela de tu blusa. El calor me está haciendo delirar, pensé.

La carretera estaba evaporándose. Iba pensando en la magia y en sus contradicciones, tenía que hacerlo porque de ello dependía nuestra mañana siguiente cuando volví a mirar de reojo tu cuello. Y esta vez baje la mirada hasta tu pecho sin gota que me guiara, solo por el placer de apreciar tu escote. Siempre me gustaron tus senos, siempre intentando escapar… De tu escote baje a tus manos, estaban sobre tus piernas, llevábas una falda y por eso intentabas protegerlas del sol. Luego quité el zoom y te miré completa, mi erección ya estaba a full, pero yo tenía que pensar en la magia. No todo es malo en el delirio, pensé.

La carretera estaba ardiendo. No sé por qué sentí que en un instante volteaste a ver mi entrepierna. No me pareció raro, ya nos conocíamos las mañas, ya nos olfateábamos las ganas y reconocíamos el despertar de nuestros sexos desde hace tiempo. Pero yo no quería dejar de pensar en la magia, porque de ello dependía nuestro futuro. Ya no aguanto este calor, dijiste, casi no se puede respirar. Cuando dejaste de hablar nos miramos, algo en tus ojos y seguramente algo en los míos nos reveló el instinto, nos dijo que pensábamos lo mismo -pero tenía que apartarte y pensar en las ganas, digo, en la magia-, nos dijo que ya era hora, nos descubrió las ganas -pero tenía que pensar en el futuro y en sobrevivir-, nos entusiasmo y nos regalo, en un ritual lejano, en charola de plata, las ganas de coger. Este delirio me está gustando, pensé.

La carretera llegaba al cielo. Pensando todavía en la magia, intenté cambiar la música, pero sabía que ya era tarde. Me urge, deten el coche, dijiste. No puedo hacerlo, tenemos que llegar o la magia… sin decir nada más y sin dejarme terminar, tus manos fueron directo a mi entrepierna. Una suave caricia sobre mi pantalón, apretones bruscos, desesperación. Sacaste mi verga con furia y me quemó un rayo de sol. Tu boca curó las llagas y tu lengua, bajando y subiendo por el volcán, me hizo olvidar la… eso, eso en lo que estaba pensando. Solté el volante y tomé tu cabeza, arriba y abajo, se me olvidó también la carretera y sentí que en una curva salimos volando. Después de un rato te incorporaste y recargada a la puerta con la cara al sol, apartaste tu falda y me mostraste tu sexo, lo abrías con tus dedos y de nuevo miré la gota de sudor que bajó por tu cuello, había sobrevivido kilometros de tela y piel hasta su destino. Detente, dijiste. Y desesperado busqué una salida hacía la nada, hacía el placer antes de morir cruelmente. No había salidas, me detuve ahí mismo en la carretera desierta. Definitivamente me gusta delirar, pensé.

La carretera ya no estaba desierta. Agitando el eter me escabullí a tus piernas y te robé la miel. Estabas tan rica que quise meterme en ti para volver a nacer, y empujando te hice salir por la ventana para que el sol te quemara la espalda. Luego entraste de nuevo y te subiste en mí. Despacio, despacio y luego con fuerza, mantuvimos ritmos distantes y jadeamos con incontenible placer. La carretera cambió de repente, cobró vida. Salimos a ver renacer el desierto, te tumbé sobre el cofre y penetré tu ser. Que rico, si, decías. Yo me olvidé de todo, ya no sabía quien era y me entregué por completo al ritual del amor. De tiempo en tiempo sacaba mi verga y esperaba un momento, hasta que tus manos volvían a meterla para que ya no le diera el sol. Luego te diste la vuelta para que te diera por detrás, tenías la espalda caliente por el cofre. Con una mano en la cintura mantenía el ritmo, con la otra acercaba tu culo hacía mi, lento, rápido. Comenzaste a gritar y observé el paisaje, la carretera viva. De pronto sólo murmurabas y quise acercarme a escucharte… te quité la blusa y me acosté en tu espalda ardiente, mis manos en tus tetas, para escucharte decir: te amo, te quiero, quiero que te vengas en mis nalgas. El delirio más hermoso, pensé.

La carretera se acabó. Minutos después estábamos de vuelta, el calor seguía insoportable, pero en el horizonte ya comenzaban a aparecer las señales del ocaso. Tu dormías recargada en mi brazo derecho. Todo estaba bien, todo era perfecto… pero a lo lejos, en algún punto del camino pude ver el final de nuestro viaje, regresó a mi mente la magia que no inventé y me di cuenta que estábamos perdidos, que nunca llegaríamos a ver otro amanecer, aunque nuestra víspera había sido placentera y mortal a la vez. Que regrese el delirio, pensé.

Síganme los buenos!

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