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Mariana Mariana

La primera vez que vi a Mariana me pareció un ángel bajado del cielo, y decidí de inmediato bajarle la luna y las estrellas. La conocí en la plaza, comiéndose un helado; llevaba una blusa escotada y una falda blanca, larga como el mantel del comedor de mi abuela. Era un domingo, Domingo de Ramos, y por la noche, ahí mismo, en la plaza, me le acerqué para conquistarla.

No lo logré a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera. Conquistar a Mariana fue una de esas largas batallas por demostrarle a alguien que quieres estar con ella/él sin que piense que eres un hijo de la chingada. Dos largos meses que no vale la pena relatar y caer en detalles, sólo diré que hubo de todo: flores, cartas, encuentros inesperados, serenatas, cliches románticos y tontería y media que me pude haber ahorrado.

Nos hicimos novios frente al altar de la iglesia del pueblo -aqui quiero hacer una pausa para aclarar que soy ateo y que si entré a la iglesia fue sólo porque Mariana entró en ella y la seguí con ansia, sin darme cuenta los terrenos que pisaba-. Para entonces yo ya sabía que Mariana era una santurrona. Criada a la vieja usanza, mi nueva novia tenía la costumbre de ir a misa -o a la iglesia, no entiendo la diferencia- seis veces a la semana, rezar cuatro padres nuestros al mes, y santiguarse cada que yo decía groserías. De niña se escondía bajo las faldas de su madre cada que se paraban frente al altar, a los pies del cristo prieto de Frías.

No se imaginan que desagradable es escuchar cantar a un cura, horrible. No se si estarán conscientes de la mierda que son. Entrar a la iglesia a escuchar misa fue algo que tuve que aprender a asimilar de nuevo. Si, de niño fui un crio santurrón, de catecismo y pecados que me hacían hornearme en el infierno por el remordimiento. Entrar a una iglesia significa alimentar tu frustración y ser juzgado mil veces. Los curas te dicen tantas veces que eres un pecador, que le quitan el sentido al mismísimo juicio final.

Soy ateo, nunca lo oculto. Del porque de mi ateismo no vamos a hablar en este momento, que les baste con saber lo que dice mi abuela: que alguna vez “me salí del redil” y nunca volví porque no se me dió la pinche gana. ¿Cómo entonces me hice novio de una santa y llegué a ir a la iglesia seis veces por semana? Por su cuerpo. Mariana tenía el cuerpo más perfecto del pueblo, estaba en su punto. Sus piernas eran largas y hermosas, aunque casi nunca las enseñaba se notaba su contorno por debajo de la falda; no hablemos de sus nalgas, perfectas; sus senos firmes, su cadera me mataba y su boca era como morder una manzana. Una tentación enorme para un ateo que ignora la maldad de las tentaciones, o cree ignorarlas.

Hablemos pues de mi ateismo. Mi relación con Mariana era un ataque a la religiosidad hipócrita de los pueblerinos. Odio la religión y todo lo que conlleva, odio a los curas y a las santurronas, conscientes e inconscientes de su santurronerías, pero lo que más desprecio es la falta de criterio de los que se creen esas idioteces. Para mi Mariana era un triunfo y hasta pensé en cambiarle sus costumbritas, no pude. Me ganó su cuerpo y su manera de tratarme; de pronto caí redondito porque me hacia rogarle por un beso o me dejaba plantado por ir a rezarle a un santo. Comenzó a obsesionarme y a “romperme el corazón” -me avergüenza decirlo- muy seguido.

Yo quería una novia que se liberara conmigo, ardiente, Mariana era una barra de hielo. Una noche de julio la lleve al cerro, com el pretexto de ver el cielo estrellado antes de que comenzara la temporada de lluvias. Tuve que rogarle pero al final acepto. Luego de un rato de hablar de cosas sin sentido, intenté seducirla. No hubo resultado, se escapó de mis brazos señalando una estrella en el cielo que le gustaba. A punto de regresar al pueblo hice el segundo intento. Me gusta tu cuerpo, le dije. Me miró asustada y le planté un beso, luego me lancé a su cuello y pegó un grito que me hizo retroceder. Ahora me da pena decirlo, porque para entonces yo ya había estado con varias mujeres y me las sabía de todas todas, pero Mariana me tenía bajo su influjo, mi voluntad estaba perdida y no tenía más remedio que perder. De todas formas al llegar a su casa lo intenté por tercera vez, sin resultado favorable de nuevo.

Días después Mariana recordó lo sucedido en el Cerro. Se refirió a mis intentos por poseerla como algo que sólo puede hacerse estando casados por la iglesia y me pidió que no lo volviera a hacer. No supe que pensar. Primero me pase una noche en vela jugando con la idea de que le había tocado un punto débil y de que iba a ceder; luego en una cantina, en medio de las copas, comencé a planear mentalmente una jugada para hacerla mía antes de casarme con ella; al final de la borrachera sentí que me estaba llevando la chingada y que era toda una odisea querer cogerse a una santa.

Comenzé a pensar en matrimonio, un error común de los que están enamorados. Peor aún, comenzé a pensar en convertirme de nuevo al catolicismo; me imaginé frente al altar recibiendo la hostia de manos de un cura somnoliento y Mariana a mi lado quitándose las bragas y diciendo: “penétrame, anda”.

Ahora que lo recuerdo, pienso que mientras yo caía en las garras de la fé poco a poco, nuevamente, contra mi voluntad y mi razón, cegado por un par de piernas, fue  también un acto de fé lo que me salvó del Infierno. Las paradojas de la vida. Una noche le pregunte a Mariana si me amaba. Me dijo que si. Le pedí que me lo jurara por la Virgen, el Espíritu Santo y el Cristo Prieto de Frías. Se quedó callada, vaciló, y tartamudeó un Si muy parecido a un No. En ese momento supe que estaba perdiendo el tiempo, me dí la media vuelta y regrese a mi ateismo de siempre. Caminé y me alejé sin mirar atrás, a pesar de los gritos de Maríana, sus padres nuestros y sus mil ave marias.

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Reseña: Pixie en los Suburbios, redux

Una ocasión, en la primera mitad de los años 90, me hicieron el regalo bienintencionado de un paquete que traía dos de los más famosos best-sellers de la literatura moderna en México, y ambos del mismo autor. Uno era Juventud en Éxtasis, y el otro La Fuerza de Sheccid, y los que  sepan un poco de la reputación de este par de absolutos desperdicios se imaginarán que leerlos más por obligación que por elección no fue uno de los momentos más añorados de mi primera adolescencia.  Al contrario, sentí que estaba leyendo a uno de esos adictos a los librejos de autoayuda, un loser con un poco de visión pero más bien suerte que talento (como hubiera querido ser el padre de Olive, en Little Miss Sunshine), alguien que pegó con una forma rebuscada de dar su Lista de los 20 Consejos Obvios para No Morir de Gonorrea, vía el conveniente relato de unos adolescentes irreales y gustosos de aprender.

Ni se te ocurra. De verdad.

 

Claro, la odié como sólo puede hacerlo alguien al que están regañando sutilmente a través de uno de sus gustos, y por algo que todavía ni estaba haciendo. Era, creo, el regalo que más de una generación de padres estaba esperando para darle a sus hijos algo qué leer y no tener que hablar de sexo con ellos. ¿Alguna duda? Lee el libro, hijo/a, ahí te dicen cómo opera el asunto y a qué temerle, con muchas referencias a la Biblia. La chafa novelización era el pretexto para meterle a uno prejuicios y miedos a la vez que porras y consejos conservadores, de familias perfectas, de gente ingenua. Y así escribió varios más, pero ya no me los quise chutar. ¿Saben lo que más me molestó y no me dejaba en paz?  Los nombres y apellidos imposibles, totalmente fuera de lo común, de sonido “místico” y muy, muy mamertos en mi opinión. Y decidí que cualquier otro escritor mexicano que me viniera con esas nomenclaturas pretenciosas, no me haría considerar el pasar de leer la contraportada.

 

El Máster Chíf en persona.

 

Hasta que por un feliz accidente llegué a TdQ, y con ese acceso conocí los envolventes escritos de un tipo cuyo nombre se me antojaba de novela de Carlos Cuauhtémoc Sánchez (el escritor formulaico que irónicamente me hizo odiar siendo ateo los nombres fuera del santoral). El mismísimo Ruy Xoconostle Waye. De principio no lo identifiqué como el jefe de los otros editores y escritores del sitio, ya que no me esperaba que en los podcasts un subalterno pudiera con toda naturalidad decirle idiota, güey y pendejo a su jefe, como si en verdad fuera su cuate.  Ya después vi que una cosa no estaba peleada con la otra, aunque yo nunca he tenido un jefe así.

Nada qué ver.

 

Supe, con el tiempo en TdQ, que tenía publicados dos libros relacionados entre sí, y que estaba en proceso de completar el tercero. No sé si en algún momento llegaron a Aguascalientes, pero no los conseguí en el 2007 y 2008 que me di mis vueltas por las librerías más conocidas. En algún momento del año pasado un buen samaritano se ofreció a conseguirlos y mandármelos como obsequio a mi casa, y no me la podía creer. Al fin leería los libros que surgieron de ese autor bien nutrido de pop culture, de largos pero fluidos y entretenidos artículos. Una persona que no tengo el gusto de conocer en trato directo, pero que no me podría caer mejor.

 

 

Rompí sin clemencia ni objeciones mi regla de los nombres absurdos de objetos y sujetos. Me valió y abracé sin más una realidad donde vive un Cuki Pirulazao. Un Clavius. Una Pixie. Una Midyet. Un Mod, un Danilo, un Putrefoy. Las ptitsas, los vecos, el fido, los cancros, la gulivera. Ignoro en su mayoría cuál haya sido el proceso para bautizarlos, pero ya los tengo anclados a cada personaje de modo que otro nombre nomás no les quedaría. Y contribuye al extraño surrealismo de ese mundo con robots sirvientes, con el fatídico atacante mitológico y la princesa con un empleo nimio. Hasta tiene un razonamiento casi verosímil de por qué los 27 años es la edad perfecta de nuestras vidas. “Gran comienzo para mí.”, pensé: “Al carajo las reglas, me vale madre, a leer lo que viene, que viene bien y bien lo vale.”

 

 

Hace unos días, subió a la red su Pixie en los Suburbios, edición redux, de modo gratuito. Poco después, los extras del libro. Y a partir de este viernes 30 de abril va a subir La Vida sin Pixie, segunda obra ubicada en el mismo universo y muchos de los mismos personajes que la primera. Sería imperdonable dejar pasar esta oportunidad, se los digo con toda la seriedad que no me caracteriza.

Ya terminé el redux, y está más allá de lo que esperaba. Conecta a muchos de mis referentes (de American Psycho a Halo, a Dune, el Nadsat y Star Wars) pero me enriquece generosamente con otros, quizá viejos – y por lo tanto nuevos para mí- que en ningún momento siento inadecuados ni superfluos para entender el despedorre que truena en la cabeza de Cuki Pirulazao.

 

 

Frenético en los momentos decisivos de su vida personal, inmerso en el marasmo a la hora de las decisiones laborales, este buen huevonazo con suerte tragicómica se las arregla para meter la pata cada vez que la vida le pide algo de huevos para tomar lo que realmente quiere y opinar lo que realmente piensa. Inevitable, acaba pagando el precio conformista de quedarse con lo que irónicamente merece por cobarde y desprecia por irresponsable. Lo peor es que está plenamente consciente de todo, y se permite llegar al borde de lo soportable mientras corta delgadas rebanadas de aceptación y esperanza al contacto fugaz con Pixie Halliburton, su Pixie, su Pixie Pixel.

Ya no tengo 27 años. Casi nadie que lea esto me conoció a esa edad, pero lo que sí me conocieron sabrán que mis aspiraciones no llegaban al grado de idealismo romántico ni al abismal desprecio sardónico de que es capaz Cuki cuando expresa lo que trae embotellado a presión (social, laboral, marital), pero está bien. El tipo es un personaje ficticio, le es permitdo y hasta requerido tener esos vuelos dramáticos. Lo que no me impide saber cómo debió sentirse, cómo se dio cuenta de tantas irrealidades, y dónde encontró su inmerecida recompensa, siempre, como yo y como casi todos, improvisando y tomando al fin riesgos mal calculados.

 

Un día en la vida.

 

Al leerlo, soy él. Soy identificable pero nunca idéntico. Soy Cuki Pirulazao en porcentajes variables. Soy lo contrario de los personajes de C. C. Sánchez, por Zeus. Soy un personaje de Kevin Smith viviendo por error un script para George Clooney. Soy un súper-saiyajin al revés. Soy fan, desbloqueando tardíamente un logro bien pensado por un escritor admirado, alimentando el poderoso vicio, el placer de leer.

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Laptop

ÉL entró sonriendo al salón. Todavía el recuerdo del chiste del día -que le habían contado en el receso- le abordaba y le arrancaba una risilla. Su mochila estaba a siete pasos de la puerta pero al cuarto paso se detuvo, cuando escuchó afuera, a lo lejos, una voz que le sonó familiar, o tal vez escuchó que le llamaban, no lo sé, lo único que sé es que dio los tres pasos que le faltaban y abrió su mochila.

Eran las 10:30 AM y a pesar del frío mañanero ella sentía un poco de calor. Traía la chamarra puesta, ah y su sweater, pero no podía quitárselos, eso significaría su perdición. El plan era tan elaborado, tan perfecto, que hasta tenía planeado lo que podía salir mal y por un poco de calor no lo iba a echar a perder.

Se le salieron los ojos como en las caricaturas, se puso rojo y le comenzó a dar coraje pero se contuvo, todavía quedaba una opción, una posibilidad. Cerró la mochila, alzó la vista y dijo: ¡Pajón no te hagas güey, saca la compu!”. Al decir estas palabras sonreia como cuando entró al salón, pero cuando el Pajón le dijo que no la tenía otra vez se le salieron los ojos. Se puso rojo, agotada la última instancia nada podía detener su coraje. Se llevaba las manos a la cabeza, se golpeaba la frente, se daba de topes contra la pared, le dio de patadas a una mesa, aunque hubiera preferido patear al que le robó la laptop o ya mínimo a todos los güeyes que intentaban tranquilizarlo, porque en un momento como ese, cuando sabes que has perdido, las palabras de aliento, no nos hagamos pendejos, salen sobrando, mejor dicho: son mamadas y dame dos pa’ llevar.

El momento más importante, intenso, del plan por fin llegó. Tenía que guardar las apariencias y moverse con sumo cuidado, no fuera siendo la de malas, que tal si el bulto que ocultaba bajo su chamarra resbalaba ilustrando su vil engaño. No, eso no iba a pasar . Pa’ no levantar sospechas se puso a buscar y buscar, hizo llamada tras llamada, ¿o debería decir mamada? Expreso sinceras palabras de aliento que más bien parecían condolencias. De cualquier forma esa era su especialidad, casi ni tenía que fingir, era una verdadera maestra del engaño.

Ni la búsqueda general  ni el operativo mochila dieron resultado, la laptop no apareció y como esta es una historia madreada sobre un robo perfecto les diré que de hecho nunca se supo nada más. No quedo otra opción que ir a levantar la denuncia a uno de esos nidos de burócratas de la justicia mexicana que nunca resuelven nada. Esa tarde cuando llegó a su casa, cansado, tirado en su cama suspiro y se dio cuenta que lo habían chingado,  se lamentó y se la mentó mil veces al que haya sido pero también reconoció que se la jugaron sabroso y lo peor de todo es que compró su lap a crédito y todavía no la había pagado.

Sólo faltaba la última parte del plan, buscar un pretexto para salir de la ciudad. Como tenía planeado hasta lo que podía salir mal tenía que irse esa misma tarde. Fingir una enfermedad, desenterrar a su abuelita muerta y decir que estaba convaleciente, un cumpleaños, un bautizo que más da, era lo de menos. Subió al autobus y viajó por tres horas, cuando llegó por fin se dispuso a bajar. Durante el viaje se aguantó las ganas de sacar el bulto y curiosear un rato. No podía echar a perder el plan. No contaba con que a punto de bajar, mientras agradecía al chofer en los escalones de la entrada del autobus, un señor que sacaba su maleta del portaequipaje que hay sobre los asientos tiró sin querer queriendo una maleta que estaba próxima a la salida y que, no sé si afortunada o desafortunadamente golpeó en la cabeza a nuestra conocida ladrona. Lo anterior es lo afortunado, vamos. Lo desafortunado fue que el golpe la hizo caer rodando aparatosamente por los escalones y vaya que ha de ser aparatoso rodar con ese cuerpo, pero no, eso no fue lo desafortunado ¡chingada madre! lo desafortunado fue que la laptop salió volando y cayó al suelo, pero esperen, eso no fue lo desafortunado ¡puta madre! ¿entonces qué fue? Lo desafortunado fue que la muy pendeja le cayó encima, la destrozó y valió madre su mendigo plan.

***

Se barajaron muchas teorías, los sospechosos desfilaron por montones, incluso a alguien -este que les habla- se le ocurrió culpar a la verdadera culpable pero nadie le hizo caso. El famoso robo de la lap quedó como uno más de esos misterios sin resolver. La moraleja de la historia ocurrió años después cuando la hija del dueño de la compu tuvo su primer dia de clases en secundaria. La maestra de historia, una mujer cuarentona, regordeta, con una chamarra grande -donde bien podría esconderse una laptop-, a quien todos  llamaban Licenciada Briseño, al escuchar la campana del receso enunció las sabias palabras: “No dejen sus mochilas solas en el salón porque…”

The End

Escrito en el 2006 durante una de esas clases aburridas en la universidad.

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Hace mucho

Hace mucho el mar estaba limpio y natural; en las profundidades y en sus abismos no se encontraba la huella de la mano fatal. Hace mucho el agua era pura y el cielo atendía el clamor terrenal con frecuencia. Hace mucho tus manos buscaban las mías y las mías aceptaban con respeto tu gracia. Hace mucho los hombres inventaron el ruego y en el recién descubierto fuego quemaron su preciada inocencia. Hace mucho que los dioses nos persiguen, nos ciegan, nos oprimen. Hace mucho que la humanidad, tus manos, el agua, el cielo y el mar perdieron su naturaleza.

Hace mucho yo soñaba con platicarle al viento mis penas. Hace mucho mis penas decidieron bañarse en alcohol antes de codearse con el viento. Hace mucho la palabra justicia no significaba venganza. Hace mucho que tus manos decidieron tomar justicia porque las mías ya no las tocaban. Hace mucho el campo estaba verde y el sol recorría los senderos con calma. Hace mucho las olas apuntaban a la luna sin miedo. Hace mucho la historia no existía y la felicidad rondaba. Hace mucho el dinero no importaba y mis ojos te peinaban.

Hace mucho que ya no me sigues. Hace mucho que intento pensar en un mar limpio y sincero. Hace mucho que quiero pensar en un cielo comprometido, en humanos que piensan, en agua que vibra. Hace mucho que no veo tus manos. Hace mucho que no puedo definir correctamente la palabra justicia. Hace mucho que no hay felicidad y los campos no están verdes, pero tambien hace mucho que pienso que todo cambiará y que mis ojos volverán a peinarte.

Síganme los buenos!

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