Archivo de la etiqueta: Ruy Xoconostle

Reseña: Pixie en los Suburbios, redux

Una ocasión, en la primera mitad de los años 90, me hicieron el regalo bienintencionado de un paquete que traía dos de los más famosos best-sellers de la literatura moderna en México, y ambos del mismo autor. Uno era Juventud en Éxtasis, y el otro La Fuerza de Sheccid, y los que  sepan un poco de la reputación de este par de absolutos desperdicios se imaginarán que leerlos más por obligación que por elección no fue uno de los momentos más añorados de mi primera adolescencia.  Al contrario, sentí que estaba leyendo a uno de esos adictos a los librejos de autoayuda, un loser con un poco de visión pero más bien suerte que talento (como hubiera querido ser el padre de Olive, en Little Miss Sunshine), alguien que pegó con una forma rebuscada de dar su Lista de los 20 Consejos Obvios para No Morir de Gonorrea, vía el conveniente relato de unos adolescentes irreales y gustosos de aprender.

Ni se te ocurra. De verdad.

 

Claro, la odié como sólo puede hacerlo alguien al que están regañando sutilmente a través de uno de sus gustos, y por algo que todavía ni estaba haciendo. Era, creo, el regalo que más de una generación de padres estaba esperando para darle a sus hijos algo qué leer y no tener que hablar de sexo con ellos. ¿Alguna duda? Lee el libro, hijo/a, ahí te dicen cómo opera el asunto y a qué temerle, con muchas referencias a la Biblia. La chafa novelización era el pretexto para meterle a uno prejuicios y miedos a la vez que porras y consejos conservadores, de familias perfectas, de gente ingenua. Y así escribió varios más, pero ya no me los quise chutar. ¿Saben lo que más me molestó y no me dejaba en paz?  Los nombres y apellidos imposibles, totalmente fuera de lo común, de sonido “místico” y muy, muy mamertos en mi opinión. Y decidí que cualquier otro escritor mexicano que me viniera con esas nomenclaturas pretenciosas, no me haría considerar el pasar de leer la contraportada.

 

El Máster Chíf en persona.

 

Hasta que por un feliz accidente llegué a TdQ, y con ese acceso conocí los envolventes escritos de un tipo cuyo nombre se me antojaba de novela de Carlos Cuauhtémoc Sánchez (el escritor formulaico que irónicamente me hizo odiar siendo ateo los nombres fuera del santoral). El mismísimo Ruy Xoconostle Waye. De principio no lo identifiqué como el jefe de los otros editores y escritores del sitio, ya que no me esperaba que en los podcasts un subalterno pudiera con toda naturalidad decirle idiota, güey y pendejo a su jefe, como si en verdad fuera su cuate.  Ya después vi que una cosa no estaba peleada con la otra, aunque yo nunca he tenido un jefe así.

Nada qué ver.

 

Supe, con el tiempo en TdQ, que tenía publicados dos libros relacionados entre sí, y que estaba en proceso de completar el tercero. No sé si en algún momento llegaron a Aguascalientes, pero no los conseguí en el 2007 y 2008 que me di mis vueltas por las librerías más conocidas. En algún momento del año pasado un buen samaritano se ofreció a conseguirlos y mandármelos como obsequio a mi casa, y no me la podía creer. Al fin leería los libros que surgieron de ese autor bien nutrido de pop culture, de largos pero fluidos y entretenidos artículos. Una persona que no tengo el gusto de conocer en trato directo, pero que no me podría caer mejor.

 

 

Rompí sin clemencia ni objeciones mi regla de los nombres absurdos de objetos y sujetos. Me valió y abracé sin más una realidad donde vive un Cuki Pirulazao. Un Clavius. Una Pixie. Una Midyet. Un Mod, un Danilo, un Putrefoy. Las ptitsas, los vecos, el fido, los cancros, la gulivera. Ignoro en su mayoría cuál haya sido el proceso para bautizarlos, pero ya los tengo anclados a cada personaje de modo que otro nombre nomás no les quedaría. Y contribuye al extraño surrealismo de ese mundo con robots sirvientes, con el fatídico atacante mitológico y la princesa con un empleo nimio. Hasta tiene un razonamiento casi verosímil de por qué los 27 años es la edad perfecta de nuestras vidas. “Gran comienzo para mí.”, pensé: “Al carajo las reglas, me vale madre, a leer lo que viene, que viene bien y bien lo vale.”

 

 

Hace unos días, subió a la red su Pixie en los Suburbios, edición redux, de modo gratuito. Poco después, los extras del libro. Y a partir de este viernes 30 de abril va a subir La Vida sin Pixie, segunda obra ubicada en el mismo universo y muchos de los mismos personajes que la primera. Sería imperdonable dejar pasar esta oportunidad, se los digo con toda la seriedad que no me caracteriza.

Ya terminé el redux, y está más allá de lo que esperaba. Conecta a muchos de mis referentes (de American Psycho a Halo, a Dune, el Nadsat y Star Wars) pero me enriquece generosamente con otros, quizá viejos – y por lo tanto nuevos para mí- que en ningún momento siento inadecuados ni superfluos para entender el despedorre que truena en la cabeza de Cuki Pirulazao.

 

 

Frenético en los momentos decisivos de su vida personal, inmerso en el marasmo a la hora de las decisiones laborales, este buen huevonazo con suerte tragicómica se las arregla para meter la pata cada vez que la vida le pide algo de huevos para tomar lo que realmente quiere y opinar lo que realmente piensa. Inevitable, acaba pagando el precio conformista de quedarse con lo que irónicamente merece por cobarde y desprecia por irresponsable. Lo peor es que está plenamente consciente de todo, y se permite llegar al borde de lo soportable mientras corta delgadas rebanadas de aceptación y esperanza al contacto fugaz con Pixie Halliburton, su Pixie, su Pixie Pixel.

Ya no tengo 27 años. Casi nadie que lea esto me conoció a esa edad, pero lo que sí me conocieron sabrán que mis aspiraciones no llegaban al grado de idealismo romántico ni al abismal desprecio sardónico de que es capaz Cuki cuando expresa lo que trae embotellado a presión (social, laboral, marital), pero está bien. El tipo es un personaje ficticio, le es permitdo y hasta requerido tener esos vuelos dramáticos. Lo que no me impide saber cómo debió sentirse, cómo se dio cuenta de tantas irrealidades, y dónde encontró su inmerecida recompensa, siempre, como yo y como casi todos, improvisando y tomando al fin riesgos mal calculados.

 

Un día en la vida.

 

Al leerlo, soy él. Soy identificable pero nunca idéntico. Soy Cuki Pirulazao en porcentajes variables. Soy lo contrario de los personajes de C. C. Sánchez, por Zeus. Soy un personaje de Kevin Smith viviendo por error un script para George Clooney. Soy un súper-saiyajin al revés. Soy fan, desbloqueando tardíamente un logro bien pensado por un escritor admirado, alimentando el poderoso vicio, el placer de leer.

17 comentarios

Archivado bajo Comunidad, Geek & Sick, General, Literatura, off topic