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Mariana Mariana

La primera vez que vi a Mariana me pareció un ángel bajado del cielo, y decidí de inmediato bajarle la luna y las estrellas. La conocí en la plaza, comiéndose un helado; llevaba una blusa escotada y una falda blanca, larga como el mantel del comedor de mi abuela. Era un domingo, Domingo de Ramos, y por la noche, ahí mismo, en la plaza, me le acerqué para conquistarla.

No lo logré a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera. Conquistar a Mariana fue una de esas largas batallas por demostrarle a alguien que quieres estar con ella/él sin que piense que eres un hijo de la chingada. Dos largos meses que no vale la pena relatar y caer en detalles, sólo diré que hubo de todo: flores, cartas, encuentros inesperados, serenatas, cliches románticos y tontería y media que me pude haber ahorrado.

Nos hicimos novios frente al altar de la iglesia del pueblo -aqui quiero hacer una pausa para aclarar que soy ateo y que si entré a la iglesia fue sólo porque Mariana entró en ella y la seguí con ansia, sin darme cuenta los terrenos que pisaba-. Para entonces yo ya sabía que Mariana era una santurrona. Criada a la vieja usanza, mi nueva novia tenía la costumbre de ir a misa -o a la iglesia, no entiendo la diferencia- seis veces a la semana, rezar cuatro padres nuestros al mes, y santiguarse cada que yo decía groserías. De niña se escondía bajo las faldas de su madre cada que se paraban frente al altar, a los pies del cristo prieto de Frías.

No se imaginan que desagradable es escuchar cantar a un cura, horrible. No se si estarán conscientes de la mierda que son. Entrar a la iglesia a escuchar misa fue algo que tuve que aprender a asimilar de nuevo. Si, de niño fui un crio santurrón, de catecismo y pecados que me hacían hornearme en el infierno por el remordimiento. Entrar a una iglesia significa alimentar tu frustración y ser juzgado mil veces. Los curas te dicen tantas veces que eres un pecador, que le quitan el sentido al mismísimo juicio final.

Soy ateo, nunca lo oculto. Del porque de mi ateismo no vamos a hablar en este momento, que les baste con saber lo que dice mi abuela: que alguna vez “me salí del redil” y nunca volví porque no se me dió la pinche gana. ¿Cómo entonces me hice novio de una santa y llegué a ir a la iglesia seis veces por semana? Por su cuerpo. Mariana tenía el cuerpo más perfecto del pueblo, estaba en su punto. Sus piernas eran largas y hermosas, aunque casi nunca las enseñaba se notaba su contorno por debajo de la falda; no hablemos de sus nalgas, perfectas; sus senos firmes, su cadera me mataba y su boca era como morder una manzana. Una tentación enorme para un ateo que ignora la maldad de las tentaciones, o cree ignorarlas.

Hablemos pues de mi ateismo. Mi relación con Mariana era un ataque a la religiosidad hipócrita de los pueblerinos. Odio la religión y todo lo que conlleva, odio a los curas y a las santurronas, conscientes e inconscientes de su santurronerías, pero lo que más desprecio es la falta de criterio de los que se creen esas idioteces. Para mi Mariana era un triunfo y hasta pensé en cambiarle sus costumbritas, no pude. Me ganó su cuerpo y su manera de tratarme; de pronto caí redondito porque me hacia rogarle por un beso o me dejaba plantado por ir a rezarle a un santo. Comenzó a obsesionarme y a “romperme el corazón” -me avergüenza decirlo- muy seguido.

Yo quería una novia que se liberara conmigo, ardiente, Mariana era una barra de hielo. Una noche de julio la lleve al cerro, com el pretexto de ver el cielo estrellado antes de que comenzara la temporada de lluvias. Tuve que rogarle pero al final acepto. Luego de un rato de hablar de cosas sin sentido, intenté seducirla. No hubo resultado, se escapó de mis brazos señalando una estrella en el cielo que le gustaba. A punto de regresar al pueblo hice el segundo intento. Me gusta tu cuerpo, le dije. Me miró asustada y le planté un beso, luego me lancé a su cuello y pegó un grito que me hizo retroceder. Ahora me da pena decirlo, porque para entonces yo ya había estado con varias mujeres y me las sabía de todas todas, pero Mariana me tenía bajo su influjo, mi voluntad estaba perdida y no tenía más remedio que perder. De todas formas al llegar a su casa lo intenté por tercera vez, sin resultado favorable de nuevo.

Días después Mariana recordó lo sucedido en el Cerro. Se refirió a mis intentos por poseerla como algo que sólo puede hacerse estando casados por la iglesia y me pidió que no lo volviera a hacer. No supe que pensar. Primero me pase una noche en vela jugando con la idea de que le había tocado un punto débil y de que iba a ceder; luego en una cantina, en medio de las copas, comencé a planear mentalmente una jugada para hacerla mía antes de casarme con ella; al final de la borrachera sentí que me estaba llevando la chingada y que era toda una odisea querer cogerse a una santa.

Comenzé a pensar en matrimonio, un error común de los que están enamorados. Peor aún, comenzé a pensar en convertirme de nuevo al catolicismo; me imaginé frente al altar recibiendo la hostia de manos de un cura somnoliento y Mariana a mi lado quitándose las bragas y diciendo: “penétrame, anda”.

Ahora que lo recuerdo, pienso que mientras yo caía en las garras de la fé poco a poco, nuevamente, contra mi voluntad y mi razón, cegado por un par de piernas, fue  también un acto de fé lo que me salvó del Infierno. Las paradojas de la vida. Una noche le pregunte a Mariana si me amaba. Me dijo que si. Le pedí que me lo jurara por la Virgen, el Espíritu Santo y el Cristo Prieto de Frías. Se quedó callada, vaciló, y tartamudeó un Si muy parecido a un No. En ese momento supe que estaba perdiendo el tiempo, me dí la media vuelta y regrese a mi ateismo de siempre. Caminé y me alejé sin mirar atrás, a pesar de los gritos de Maríana, sus padres nuestros y sus mil ave marias.

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Laptop

ÉL entró sonriendo al salón. Todavía el recuerdo del chiste del día -que le habían contado en el receso- le abordaba y le arrancaba una risilla. Su mochila estaba a siete pasos de la puerta pero al cuarto paso se detuvo, cuando escuchó afuera, a lo lejos, una voz que le sonó familiar, o tal vez escuchó que le llamaban, no lo sé, lo único que sé es que dio los tres pasos que le faltaban y abrió su mochila.

Eran las 10:30 AM y a pesar del frío mañanero ella sentía un poco de calor. Traía la chamarra puesta, ah y su sweater, pero no podía quitárselos, eso significaría su perdición. El plan era tan elaborado, tan perfecto, que hasta tenía planeado lo que podía salir mal y por un poco de calor no lo iba a echar a perder.

Se le salieron los ojos como en las caricaturas, se puso rojo y le comenzó a dar coraje pero se contuvo, todavía quedaba una opción, una posibilidad. Cerró la mochila, alzó la vista y dijo: ¡Pajón no te hagas güey, saca la compu!”. Al decir estas palabras sonreia como cuando entró al salón, pero cuando el Pajón le dijo que no la tenía otra vez se le salieron los ojos. Se puso rojo, agotada la última instancia nada podía detener su coraje. Se llevaba las manos a la cabeza, se golpeaba la frente, se daba de topes contra la pared, le dio de patadas a una mesa, aunque hubiera preferido patear al que le robó la laptop o ya mínimo a todos los güeyes que intentaban tranquilizarlo, porque en un momento como ese, cuando sabes que has perdido, las palabras de aliento, no nos hagamos pendejos, salen sobrando, mejor dicho: son mamadas y dame dos pa’ llevar.

El momento más importante, intenso, del plan por fin llegó. Tenía que guardar las apariencias y moverse con sumo cuidado, no fuera siendo la de malas, que tal si el bulto que ocultaba bajo su chamarra resbalaba ilustrando su vil engaño. No, eso no iba a pasar . Pa’ no levantar sospechas se puso a buscar y buscar, hizo llamada tras llamada, ¿o debería decir mamada? Expreso sinceras palabras de aliento que más bien parecían condolencias. De cualquier forma esa era su especialidad, casi ni tenía que fingir, era una verdadera maestra del engaño.

Ni la búsqueda general  ni el operativo mochila dieron resultado, la laptop no apareció y como esta es una historia madreada sobre un robo perfecto les diré que de hecho nunca se supo nada más. No quedo otra opción que ir a levantar la denuncia a uno de esos nidos de burócratas de la justicia mexicana que nunca resuelven nada. Esa tarde cuando llegó a su casa, cansado, tirado en su cama suspiro y se dio cuenta que lo habían chingado,  se lamentó y se la mentó mil veces al que haya sido pero también reconoció que se la jugaron sabroso y lo peor de todo es que compró su lap a crédito y todavía no la había pagado.

Sólo faltaba la última parte del plan, buscar un pretexto para salir de la ciudad. Como tenía planeado hasta lo que podía salir mal tenía que irse esa misma tarde. Fingir una enfermedad, desenterrar a su abuelita muerta y decir que estaba convaleciente, un cumpleaños, un bautizo que más da, era lo de menos. Subió al autobus y viajó por tres horas, cuando llegó por fin se dispuso a bajar. Durante el viaje se aguantó las ganas de sacar el bulto y curiosear un rato. No podía echar a perder el plan. No contaba con que a punto de bajar, mientras agradecía al chofer en los escalones de la entrada del autobus, un señor que sacaba su maleta del portaequipaje que hay sobre los asientos tiró sin querer queriendo una maleta que estaba próxima a la salida y que, no sé si afortunada o desafortunadamente golpeó en la cabeza a nuestra conocida ladrona. Lo anterior es lo afortunado, vamos. Lo desafortunado fue que el golpe la hizo caer rodando aparatosamente por los escalones y vaya que ha de ser aparatoso rodar con ese cuerpo, pero no, eso no fue lo desafortunado ¡chingada madre! lo desafortunado fue que la laptop salió volando y cayó al suelo, pero esperen, eso no fue lo desafortunado ¡puta madre! ¿entonces qué fue? Lo desafortunado fue que la muy pendeja le cayó encima, la destrozó y valió madre su mendigo plan.

***

Se barajaron muchas teorías, los sospechosos desfilaron por montones, incluso a alguien -este que les habla- se le ocurrió culpar a la verdadera culpable pero nadie le hizo caso. El famoso robo de la lap quedó como uno más de esos misterios sin resolver. La moraleja de la historia ocurrió años después cuando la hija del dueño de la compu tuvo su primer dia de clases en secundaria. La maestra de historia, una mujer cuarentona, regordeta, con una chamarra grande -donde bien podría esconderse una laptop-, a quien todos  llamaban Licenciada Briseño, al escuchar la campana del receso enunció las sabias palabras: “No dejen sus mochilas solas en el salón porque…”

The End

Escrito en el 2006 durante una de esas clases aburridas en la universidad.

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Cuento de los tres perros -1 de 2-

8:47 AM En el interior de un autobús urbano, por el Boulevard que atraviesa de lado a lado la Ciudad Lejana, viaja un tipo con la mirada absorta y el pensamiento insano. Pegando la oreja a la ventana parece observar cualquier cosa en el escaso horizonte que le queda; una garnachera rodeada de clientes hambrientos, una señorita atractiva que espera, un coche de lujo aparcado frente a un banco, un par de niños jugando a ser grandes, coches en sentido contrario, un árbol con forma de pato, una mujer intentando cruzar desde el camellón; aunque realmente nada de eso turba su vista perdida. De pronto en el autobús se siente un brinco inesperado, un bache que el Departamento de Obras Públicas no tapó, un tope que parece barda y que extrañamente el chofer no vio o tal vez un perro imprudente que se atravesó; a quién le importa.

8:32 AM Este Tipo sale de su casa con el semblante de los que están por ser fusilados, sus manos le tiemblan y casi tropieza con las bolsas de basura que la vecina sale a dejar cada tercer día cerca de la banqueta. Intentando calmarse un poco abre la maleta y saca su Ipod, un poco de música debe tranquilizarlo; el evento de la tarde le preocupa sobremanera y no sabe si saldrá bien librado o si su existencia se reducirá a recuerdo, malo o bueno tal vez.

En el playlist suena Master of Puppets de Metallica a todo volumen, lo que impide que el tipo escuche los sonidos a su alrededor; aunque eso no importa pues su situación lo obliga a no dejar de pensar lo que está por pasar y en sus pocas posibilidades de destino. Caminando con la vista sobre el suelo, hacia la parada del autobús que le lleva todas las mañanas al Centro de la ciudad, va el tipo perdido en sus pensamientos. Tal vez fue un acorde de guitarra en la canción o una piedra en forma de pato a media banqueta lo que lo hizo volver en sí y mirar sin querer a la puerta de un taller mecánico donde un niño y un perro Jack Russell estaban apostados. Algo en la apariencia de ese perro llamó la atención del tipo, algo inexplicable, increíble, pues le dio la impresión de que movía el hocico y que articulando palabras conversaba con el chico. Pensando en lo imposible del asunto volvió a sumergirse en la propia imposibilidad de mantenerse con vida esa noche.

8:45 Un curioso hilo de baba escurría por su lengua, los ojos pelones, negros como su suerte; las cuatro patas agiles coordinan movimientos asombrosos y complicados aunque su zancada es corta y parece no avanzar nada; en el cuello lleva un listón con una medallita grabada con el nombre de “Calabacita”. Su dueña lo presumía constantemente con sus amigas, Calabacita esto, Calabacita lo otro, Calabacita aquello; si por ella fuera, Calabacita sería el french puddle con más cualidades del mundo, el más premiado sin duda, aunque claro, él se conformaba con sus recurrentes besos de lengüita.

Desgraciadamente para Calabacita, ese no fue su día. La noche anterior su Ama tuvo visita en casa, un amigo que bebió más de la cuenta y se encerró con ella en la recamara que compartían. Cuando el amigo se fue, Calabacita pudo por fin acostarse en la cama, pero no por mucho tiempo porque amaneció demasiado rápido. La mañana estaba rara, su Ama estaba retrasada y no le dio su besito ni la lechita tibia acostumbrada; para colmo, al salir a la calle lo dejó afuera, encendió el coche y se perdió a toda velocidad ante su mirada pendiente y sus ladridos desesperados.

Por eso Calabacita corría apresurado tras el coche de su Dueña. Lo siguió hasta la salida de la colonia y lo comenzó a perder cuando entró al Boulevard; en el mar de llantas, placas traseras y humo, el coche de su dueña y su olor característico se perdieron, pero Calabacita seguía y seguía con sus ojitos negros y su lengua babeante. De pronto su ser se confundió con un bache o un tope entre las llantas de un autobús con destino al Centro.

9:00 AM Ella era extremadamente puntual. Siempre fue modesta y rechazó todo tipo de halagos y cumplidos, le chocaba la presunción y los fantoches que en la ciudad abundaban; si en algo podía contribuir para combatir el farsantismo en el mundo, lo haría con su actitud humilde y reservada, evitando siempre a los lamebotas que le querían inflar el ego a cada momento. Pero no podía escapar a la satisfacción que le daba su puntualidad, llegar a la hora exacta, al lugar convenido, a la cita galante o a la comida anhelada era lo poco que se daba el lujo de presumir.

Con el tiempo acostumbrado saludó con todo y bastón a la secretaria que aguardaba a la entrada de su oficina, en la mano derecha llevaba una correa que jalaba, con la fuerza adecuada, su flamante perro lazarillo, un Pastor Alemán que medía más de un metro. Detrás de la dama venían sus dos guaruras, un par de gigantones con chamarras de piel y pistolas bajo el brazo que le cuidaban la sombra a todas horas; ambos se quedaron haciendo guardia frente a la puerta. De inmediato atravesó el lugar seguida de su secretaria; en un perchero colgó su abrigo negro con gran destreza, como si pudiera ver; luego caminó hasta su escritorio, se sentó en la silla de piel, se recargó un poco y soltó un suspiro como anticipando lo pesado del día; a sus pies se echó Tommy, el perro guía que a todas partes la acompañaba. Pese a ser una mujer invidente, era una importante jefa del bajo mundo y el crimen de Ciudad Lejana.

-Rita, necesito que me traigas los documentos que te pedí en Braile, un café bien cargado, unas donas para Tommy y cierra la puerta-.

-Si señora no tardo-.

En cuanto Rita salió de la oficina, la dama tomó el control del estéreo que adornaba la sala y encendió el reproductor. Con habilidad eligió una selección, apretó play y de inmediato comenzó a escuchar uno de sus placeres culpables: Las Llaves de mi Alma de Vicente Fernández, una canción que le recordaba un amor imposible del pasado, pero que escuchaba a solas para que nadie contaminara sus recuerdos de tiempos mejores. Apenas iba a conectarse con la primera imagen idealizada de aquel hombre cuando un disparo turbó su realidad oscura y la calma de la mañana.

9:06 AM Entre cientos de sonidos, que inundaban el ambiente, Tommy reconoció los acordes de la canción que la Señora repetía todas las mañanas, por eso suspiro humedeciendo el suelo con la brisa de su nariz. De pronto un ruido que ya había escuchado antes apartó a los demás, su primer impulso fue levantar la cabeza y cruzar las patas; luego el ruido se repitió de nuevo, una pausa y luego muchas veces, eran detonaciones y el olor a pólvora despertó su olfato, se apoyó sobre sus cuatro patas y se encaminó a la puerta, pero la Señora jaló la correa y lo arrastró tras el escritorio. “Espera Tommy”. El can reconoció entre los balbuceos de la dama las palabras mágicas, las detonaciones cesaron. “Espera Tommy”. Sus orejas alertas y el olor a sangre le hacían hervir la suya. De pronto la puerta llena de agujeros se abrió de golpe y una silueta encapuchada entró a la habitación gritando palabras. “Dónde estás hija de la chingada”. El instinto le impulsaba a saltar por encima del escritorio y atacar pero la correa seguía tensa. “Ya maté a tus dos perros allá afuera, pero ya veo que te queda uno más, un pastor alemán”. Tommy ladró, sabía que se referían a él. “Es un  German Shepherd, idiota ignorante”. Más detonaciones. La Señora cayó sobre su silla de piel aflojando la correa, el instinto le indicó el momento oportuno y saltó sobre el escritorio sobre la silueta de negro transformada en hombre, lo tiró al suelo, sus uñas sobre el piso y su colmillos hundiéndose en la tela y la carne fresca, el olor a sangre y los jirones desgarrados de tela y piel. Tommy nunca entendió realmente lo que era estar ciego, a pesar de ser un lazarillo efectivo, una detonación le ayudó a comprenderlo por un instante y luego a la nada.

9:30 AM El Tipo bajó del autobús con el semblante desorientado, como si hubiera despertado de un sueño, como si una pesadilla lo hubiera turbado. Todo el camino hasta el Centro lo pasó pensando en el evento de la tarde, pero ya era hora de despabilarse y empezar con la primera parte del plan; esa mujer tenía que apoyarle. Caminó por tres o cuatro cuadras sin inconveniente hasta que en una esquina se encontró con una mujer corriendo a toda prisa con la mirada desencajada y una bolsa con donas en la mano. Guardó el Ipod en la maleta y siguió caminando, ahora escuchaba gritos y observó a más gente salir corriendo, algunos tropezaban en la acera, otros caminaban volteando hacia atrás con miedo; dos cuadras más adelante el tipo llegó a su destino, las puertas abiertas, el olor a pólvora.

Ver el cadáver de un hombre vestido de negro, encapuchado, a la entrada del lugar era algo sorprendente, su curiosidad le hacía caminar más allá, al interior. Caminando entre la sangre descubrió dos cuerpos más entre el desorden, chamarras de cuero, pistolas en mano con ojos desorbitados. Era la entrada a la oficina de la Reina del Crimen, la persona que podía salvarle la vida y que no lo haría porque probablemente era un cadáver más como los anteriores. El espectáculo era terrible en general, dos cosas llamaban su atención poderosamente: la mujer que no le salvaría la vida esa noche, bañada en sangre, y un perro muerto sobre el escritorio. Con las piernas temblorosas caminó hacia el cadáver de la dama cuando sintió un cañón en la nuca y escuchó las palabras quemantes:

-¡A ver cabrón! Me caíste del cielo, ahora me vas a ayudar a limpiar esta mierda-.

No te pierdas la Conclusión en el -2 de 2-!

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Tres historias insanas -2-

Número 4. “La Hummer”

Y no es que nunca hubiera visto una, pero… ¿No andabas tú el día que andábamos juntos el Sabripobre, el Carita y yo? Já! Claro que no. Este tipo de aventuras, siempre lo he dicho, no se hicieron para pobres diablos… pero espera, no te ofendas, lo que pasa es que la situación se puso tan de la verga que el Sabripobre se mió, el Carita lloró y yo como siempre resulte ser el que más rifó.

Dimos vuelta en la Cinco Esquinas, dispuestos a recorrer la calle principal para ver a las nenas del pueblo. Esta vez, no era mi Poderoso Blue Power el que hacía rugir su motor, sino la Cheyenne 09 del Sabripobre –que de pobre no tenía nada–. Su papi se la había obsequiado porque en el rancho los ‘apás’ si regalan camionetas a sus hijos no como reza cierto comercial. Pero eso no viene al caso, lo que si va es lo que en el siguiente capítulo les voy a contar. ¡Verga!

Número 5. “La MILF que no”

Montados en la Cheyenne recorrimos la calle principal, entusiasmados, destapando cervezas y deleitándonos la pupila. Esa noche nos dimos cuenta que Sandrita ya estaba en edad de merecer, que Julieta ya tenía buena teta, que Carlota ya alcanzaba el timbre, que Romina ya se veía muy ‘mayugada’ y no pasaba, que Isabel ya no andaba con el Gay y que a fin de cuentas éramos tres rufianes, borrachos y sin causa, que no nos atrevíamos a bajarnos, a salir de atrás de la cerveza para platicar con ellas. ¡Verga! Ya divago más gacho que antes.

El caso es que después de doblar por el Callejón del Burro Flaco una Hummer color negra comenzó a seguirnos. Al principio la chuleamos: “Ah, ya vieron que troca tan chingona traemos atrás” –dijo el Carita–, “uy, está chida pero está mejor mi Cheyenne” –dijo el Sabripobre–, “merezco” –dije yo–. Pero después de 10 minutos de dar vueltas y vueltas, de doblar esquinas y de “subir subidas” con la Hummer detrás de nosotros, con esas luces tan blancas, con los faros misteriosos y con toda la palabrería y relatos del Narcotráfico, de las ejecuciones, de decapitados, de viento y furia y demás demás… nos empezó a dar miedo –menos a mi, claro-.

Conversación harto pedera -1-

Carita: No mames güey! Esa Hummer ya tiene mucho pinche rato siguiéndonos.

PajOn: Naaa, a lo mejor van pa’ donde mismo.

Carita: No pero, la neta ya me pusieron nervioso.

PajOn: Naaa, a lo mejor… no sé.

Carita: Puta madre, mejor nos vamos a ‘jetear’ ya.

Sabripobre: Este si, yo ya tengo sueño. ¿Cuántas ‘cheves’ quedan?

PajOn: Queda medio cartón y…

Sabripobre: Tres cada quien y nos rifamos la que sobra.

Carita: Simón y que cada quien se las lleve a su casa… vámonos!

PajOn: “There is a vampire inna you area”

Sabripobre: No mamen!

Carita: ¿Qué?

PajOn: ¿Qué?

Sabripobre: Creo que me echó las luces altas.

Carita: Quieren que te pares… no te pares, ¡dale cabrón!

PajOn: jajaja ¡Verga!

Número 6. “El miedo no anda en Cheyenne 09”

Y el Sabripobre le ‘piso’ a la Cheyenne. Dimos vuelta por la Calle de la Escuelita, doblamos a la izquierda por el Callejón del Mono Prieto, pasamos por la esquina de los Abarrotes Don Trino como alma que lleva el diablo para perder a la Hummer. Pero al cruzar la Calle del Arroyito nos topamos con ella de nuevo. El Sabripobre aceleró y sin querer queriendo le dio un ‘besito’ un coche que estaba por ahí estacionado. Te lo van a cobrar mañana, le dije. La Hummer seguía tras nosotros. Salimos a la carretera para perderla de una vez por todas pero de nada sirvió, seguía ahí. Finalmente salimos a un camino de terracería y paramos tras unos maizales…

Asustados por la persecución –menos yo-, decidimos pasar ahí la noche…

****

A la mañana siguiente volvimos a TP City. El Sabripobre nos dejo en nuestras casas sin despedirse ni nada, obviamente le andaba por ir a contarle a su papi. Al mediodía el Carita me llamó y me dijo que el Sabri se fue a San Peter City a tomar un avión a los Estados Unidos. Me reí como loco y le dije “no mames”. El Carita lleva una semana sin salir de su casa…

Ese mismo día, después de comer, llegó mi camarada Kurchesko y salimos a dar el rol en mi Poderoso Blue Power. Mi ruski asistente andaba dadivoso y me invitó las chelas. Me pidió que lo llevara al cajero para sacar dinero de su cuenta de retiro de la KGB. Mientras estaba estacionado frente al Banco cercano al jardín sucedió… La Hummer que nos persiguió la noche anterior se detuvo frente a mi… Mis piernas comenzaron a temblar y se me secó la boca, Kurchesko no salía del cajero pues siempre ha sido un pendejo y no le halla a las indicaciones de la pantalla. Se abrió la puerta del conductor de la Hummer. ¡Verga! Pensé… “¡Apúrate pinche ruso mamón!” De la Hummer bajo, inesperadamente, una hermosa mujer de unos cuarenta años, auténtica mamá de comercial, con un mozalbete de unos 4 años en brazos. Tenía unos pechos hermosos y unas nalgas fascinantes, luego bajaron también otros dos críos con pistolas de juguete jugando a la PFP contra los Narcos…

Y yo pensé: ¡Verga!

Enlace a Tres Historias Insanas -1-

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La Carretera

La carretera estaba desierta. Ya llevábamos dos horas en ese infierno, con el calor deshidratándonos sin decir palabras, escuchando sólo la música tediosa y detrás de ella el motor de mi Blue Power. Iba pensando en la magia cuando de reojo mire en tu cuello algo que me llamó la atención y después no pude evitar mirarte fijamente. Era una gota de sudor que bajaba lentamente hasta tu pecho, redonda, transparente, refrescante tal vez… tragicamente se perdió entre tu piel y la tela de tu blusa. El calor me está haciendo delirar, pensé.

La carretera estaba evaporándose. Iba pensando en la magia y en sus contradicciones, tenía que hacerlo porque de ello dependía nuestra mañana siguiente cuando volví a mirar de reojo tu cuello. Y esta vez baje la mirada hasta tu pecho sin gota que me guiara, solo por el placer de apreciar tu escote. Siempre me gustaron tus senos, siempre intentando escapar… De tu escote baje a tus manos, estaban sobre tus piernas, llevábas una falda y por eso intentabas protegerlas del sol. Luego quité el zoom y te miré completa, mi erección ya estaba a full, pero yo tenía que pensar en la magia. No todo es malo en el delirio, pensé.

La carretera estaba ardiendo. No sé por qué sentí que en un instante volteaste a ver mi entrepierna. No me pareció raro, ya nos conocíamos las mañas, ya nos olfateábamos las ganas y reconocíamos el despertar de nuestros sexos desde hace tiempo. Pero yo no quería dejar de pensar en la magia, porque de ello dependía nuestro futuro. Ya no aguanto este calor, dijiste, casi no se puede respirar. Cuando dejaste de hablar nos miramos, algo en tus ojos y seguramente algo en los míos nos reveló el instinto, nos dijo que pensábamos lo mismo -pero tenía que apartarte y pensar en las ganas, digo, en la magia-, nos dijo que ya era hora, nos descubrió las ganas -pero tenía que pensar en el futuro y en sobrevivir-, nos entusiasmo y nos regalo, en un ritual lejano, en charola de plata, las ganas de coger. Este delirio me está gustando, pensé.

La carretera llegaba al cielo. Pensando todavía en la magia, intenté cambiar la música, pero sabía que ya era tarde. Me urge, deten el coche, dijiste. No puedo hacerlo, tenemos que llegar o la magia… sin decir nada más y sin dejarme terminar, tus manos fueron directo a mi entrepierna. Una suave caricia sobre mi pantalón, apretones bruscos, desesperación. Sacaste mi verga con furia y me quemó un rayo de sol. Tu boca curó las llagas y tu lengua, bajando y subiendo por el volcán, me hizo olvidar la… eso, eso en lo que estaba pensando. Solté el volante y tomé tu cabeza, arriba y abajo, se me olvidó también la carretera y sentí que en una curva salimos volando. Después de un rato te incorporaste y recargada a la puerta con la cara al sol, apartaste tu falda y me mostraste tu sexo, lo abrías con tus dedos y de nuevo miré la gota de sudor que bajó por tu cuello, había sobrevivido kilometros de tela y piel hasta su destino. Detente, dijiste. Y desesperado busqué una salida hacía la nada, hacía el placer antes de morir cruelmente. No había salidas, me detuve ahí mismo en la carretera desierta. Definitivamente me gusta delirar, pensé.

La carretera ya no estaba desierta. Agitando el eter me escabullí a tus piernas y te robé la miel. Estabas tan rica que quise meterme en ti para volver a nacer, y empujando te hice salir por la ventana para que el sol te quemara la espalda. Luego entraste de nuevo y te subiste en mí. Despacio, despacio y luego con fuerza, mantuvimos ritmos distantes y jadeamos con incontenible placer. La carretera cambió de repente, cobró vida. Salimos a ver renacer el desierto, te tumbé sobre el cofre y penetré tu ser. Que rico, si, decías. Yo me olvidé de todo, ya no sabía quien era y me entregué por completo al ritual del amor. De tiempo en tiempo sacaba mi verga y esperaba un momento, hasta que tus manos volvían a meterla para que ya no le diera el sol. Luego te diste la vuelta para que te diera por detrás, tenías la espalda caliente por el cofre. Con una mano en la cintura mantenía el ritmo, con la otra acercaba tu culo hacía mi, lento, rápido. Comenzaste a gritar y observé el paisaje, la carretera viva. De pronto sólo murmurabas y quise acercarme a escucharte… te quité la blusa y me acosté en tu espalda ardiente, mis manos en tus tetas, para escucharte decir: te amo, te quiero, quiero que te vengas en mis nalgas. El delirio más hermoso, pensé.

La carretera se acabó. Minutos después estábamos de vuelta, el calor seguía insoportable, pero en el horizonte ya comenzaban a aparecer las señales del ocaso. Tu dormías recargada en mi brazo derecho. Todo estaba bien, todo era perfecto… pero a lo lejos, en algún punto del camino pude ver el final de nuestro viaje, regresó a mi mente la magia que no inventé y me di cuenta que estábamos perdidos, que nunca llegaríamos a ver otro amanecer, aunque nuestra víspera había sido placentera y mortal a la vez. Que regrese el delirio, pensé.

Síganme los buenos!

Ahora escúchalo en voz de Vutter! (click)

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Todos me la pelan

Llegan dos tipos a una cantina y piden unos tragos. El primero pide un John Daniels y el otro pide un Zacatecano y cacahuates. El cantinero sirve los tragos y le dice al tipo que pidió la botana: “No hay cacahuates, si quiere lárguese a chingar su madre”. El hombre no respondió nada.

Minutos después llegan a la cantina tres críos pendejos, piden tres cervezas y la baraja para jugar. El Cantinero los atiende sin perder de vista al tipo de los cacahuates. Entonces el malencachado que pidio el Jack le dice al cantinero: “Por qué no nos traes el dominó y te avientas un juego con nosotros.” El Cantinero se quedó callado, mascando cada tres segundos un viejo mondadientes. El Tipo del John continúo: “Mejor aún Canti, por qué no apostamos al dominó los tragos que te pedimos”. El Cantinero tomó una jerga de debajo de la barra y la colgó sobre su hombro izquierdo. El Tipo del Jack prosiguió: “Vamos haciéndolo más divertido aún Canti, si pierdes le vas a traer unos cacahuates a mi amigo y mientras regresas la cantina quedará a nuestra entera disposición, todo lo que este infeliz bastardo y yo nos bebamos será gratis”. El Cantinero cruzó los brazos, luego sonrió, escupió el palillo, descolgó la jerga y limpió la barra. Entonces dió media vuelta y buscó la caja del dominó entre las botellas del aparador al tiempo que les decía: “Ok, pero si les ganó haremos esto: Iré por los cacahuates y la cantina quedará a su disposición, pero me van a pagar el doble de lo que se tomen, más los tragos que ya pidieron.” El Tipo del John soltó una carcajada y el hombre del mezcal aplaudió y grito: “¡Yihaaaa!”.

Comenzó la jugada de dominó más entretenida y jamás contada del Bar “El Eslabón“. El Cantinero enfrentaba a dos tipos de mucho cuidado, sin saber en realidad quienes erán, confiado en los años de ‘servidor de tragos’ que lo convirtieron en un experto, no sólo en el juego, sino en gentes. Los tipejos por su parte aparentaban osadía y sus rostros ‘mal amanzados’ les daban una apariencia de viejos pistoleros del Oeste, aunque sólo sumaban de cinco en cinco. Mientras tanto los tres mozalbetes que pidieron cervezas se encontraban boquiabiertos tirando baba.

La meta era llegar a sumar 1000 puntos. La apuesta subió porque los Malencachados pidieron otros 4 jack’s y 5 mezcales de Zacatecano. El Cantinero aceptó también, gustoso porque acababa de ahocarle la mula de cincos al tipo del John, comprar otras dos bolsas de cacahuates para cuando fuera por ellos a la tienda. Los tres muchachos también pidieron más cheves.

Sucedió entonces lo más extraordinario de la jugada: Los tres jugadores empataron la cuenta con 995 puntos, empezaba una nueva entrada y el Cantinero tenía la mano. Mientras revolvía las fichas dijo a sus oponentes: “¿Qué les parece si aumentamos la apuesta?”. Los dos tipos asintieron con la cabeza. El Cantinero continúo: “Si me ganan este juego les pagaré lo convenido y aparte les regalaré todas las botellas que quieran más el dinero de la caja y la cuenta gratis de estos tres chavos.” El tipo del mezcal se echó a reir como hiena. El cantinero terminó: “Pero si ustedes pierden, tendrán que pagarme todo lo convenido, más tres de mis botellas más caras y la cuenta de los chavos”. “Hecho” dijo el tipo del Jack. El tipo del Zacatecano interrumpió su carcajada y tomó sus siete fichas, los otros dos hicieron lo mismo. Los tres chavales seguían escurriendo baba.

Contra todos los pronósticos el Cantinero no pudo sumar los cinco puntos que le faltaban al abrirse el juego. Ninguna de sus fichas sumaba, terminó acomodando al centro la ficha 4/2. Volvió la risa de Hiena del hombre de los cacahuates, tocaba el turno al Malencachado del Jack Daniels. Acomodó junto al 4 la ficha 4/4 sumando 10 puntos. El Cantinero se puso palido. El tipo del John Daniels volteó hacia su compañero y le dijo: “Todo tuyo mi viejo”. Enseguida el tipo del mezcal sacó de entre sus ropas una Colt .45 y apuntó a la cabeza del cantinero. Los tres mozalbetes al ver el movimiento se echaron a correr como condenados y el tipo del Jack desenfundando su Cuerno de Chivo de quien sabe donde les hizó derramar las vidas con una descarga de muerte.

La pared del Bar el Eslabón lucía como paredón de la revolución mexicana, los tres jóvenes corredores la dejaron manchado, no de babas, sino de sangre. Mientras tanto el cantinero escurría cualquier tipo de porquerías por todos las salidas de su cuerpo. El tipo del mezcal le decía: “¿Con que no tienes cacahuates y si quiero puedo largarme a chingar mi madre?” El Cantinero balbuceaba: “Ba ba ba ba”. El tipo del John reía. El hombre del Zacatecano amartilló la colt y sentenció: “Ba ba ba ba ba”. Remató con la risa de hiena y jaló el gatillo.

Los sesos del Cantinero se esparcieron por todas las botellas de tal forma que los Malencachados no quisieron llevarse ninguna para beberla en otra ocasión. Tomaron el dinero de la caja, no sin antes darme mi propina por haber llevado la cuenta de la jugada de dominó. Al salir el tipo del Jack me dijo: “No te asustes prietito, si te preguntan quien hizó este desmadre diles que fueron El Chango y tu  seguro servidor: Fulano de Tal“.

Afuera, rugió un motor de de seis cilindros y un “Yihaaa” que seguramente exclamó el Tipo de la Risa de Hiena. Adentro, en la cantina, yo me quedé escurriendo cualquier tipo de porquerías por todas las salidas de mi cuerpo.

Síganme los buenos!

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Hace mucho

Hace mucho el mar estaba limpio y natural; en las profundidades y en sus abismos no se encontraba la huella de la mano fatal. Hace mucho el agua era pura y el cielo atendía el clamor terrenal con frecuencia. Hace mucho tus manos buscaban las mías y las mías aceptaban con respeto tu gracia. Hace mucho los hombres inventaron el ruego y en el recién descubierto fuego quemaron su preciada inocencia. Hace mucho que los dioses nos persiguen, nos ciegan, nos oprimen. Hace mucho que la humanidad, tus manos, el agua, el cielo y el mar perdieron su naturaleza.

Hace mucho yo soñaba con platicarle al viento mis penas. Hace mucho mis penas decidieron bañarse en alcohol antes de codearse con el viento. Hace mucho la palabra justicia no significaba venganza. Hace mucho que tus manos decidieron tomar justicia porque las mías ya no las tocaban. Hace mucho el campo estaba verde y el sol recorría los senderos con calma. Hace mucho las olas apuntaban a la luna sin miedo. Hace mucho la historia no existía y la felicidad rondaba. Hace mucho el dinero no importaba y mis ojos te peinaban.

Hace mucho que ya no me sigues. Hace mucho que intento pensar en un mar limpio y sincero. Hace mucho que quiero pensar en un cielo comprometido, en humanos que piensan, en agua que vibra. Hace mucho que no veo tus manos. Hace mucho que no puedo definir correctamente la palabra justicia. Hace mucho que no hay felicidad y los campos no están verdes, pero tambien hace mucho que pienso que todo cambiará y que mis ojos volverán a peinarte.

Síganme los buenos!

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